viernes, 22 de noviembre de 2013

Metro Manila. No es país para honestos.


De la mano del director que nos sorprendió, primero con ese cortometraje nominado al Oscar y dos años más tarde transformándolo en esa maravillosa película que es Cashback, llega ahora Metro Manila, que pese a su presupuesto de “guerrilla” ha sabido hacerse con el favor del público en Sundance y Gran Betraña ha decidido que sea su representante para competir en los Oscars de habla no inglesa, de llegar a la selección final.

Sean Ellis, tras una visita a un amigo a Manila y presenciar una discusión en la calle de dos empleados de una compañía de furgones blindados, sacó la idea que posteriormente, trabajada con el guionista Frank E. Flowers, resultó ser el guión de Metro Manila.

Rodada en tagalo (la lengua nativa de las Islas Filipinas, donde se rodó) y con poco presupuesto, Ellis, aparte del rol de director y guionista, tuvo que encargarse de la producción, cámara, luces, sonido y steady-cam.

Metro Manila nos habla de una familia que se traslada de los campos de arroz del norte de Filipinas a la ciudad de Manila, en busca de un futuro mejor. Pero la estresante y asfixiante ciudad no se lo pondrá nada fácil a Óscar y su familia.

Un drama que poco a poco se convierte en un thriller atrapante.





Una buena historia emocionante y emotiva que intercala ficción ciertos detalles reales (la historia de Alfred Santos, que en la realidad se llama Reginald Chua, y los crueles juegos de niños apaleando un gato, por ejemplo) que otorgan veracidad al relato, sin hacer el simple drama autocomplaciente y lacrimógeno. No se escatima en mostrar lo crudo de la vida pero sin caer nunca en lo banal, tópico o maniqueo.

Su fuerza radica, sobre todo en ofrecer un thriller con nervio apoyado en la historia. Nada surge de la nada, no hay trucos de magia para hacer más atractivo el viaje, las situaciones derivan de las anteriores, como debería ocurrir en todos los guiones. De ahí que se le permita la licencia del final poético (que ni eso resulta descabellado en el relato) y redondea el buen hacer de su historia. La buena guinda al pastel.



La denuncia social es simplemente una vertiente secundaria de la película, enfocada más al thriller con sello autoral, mostrando una verdadera jungla de asfalto donde, o te adaptas o no sobrevives.

Y cómo no, como en sus anteriores películas, hasta incluso en la floja Broken, la pasión por los detalles y mostrar sentimientos a través de las imágenes es uno de los puntos fuertes de Metro Manila. Momentos como el “¡por fin agua!” cuando se ducha Óscar y Mai después de vivir en una chabola se convierten en pequeños momentos mágicos en manos de Sean Ellis. No en vano, Ellis antes de cineasta ha trabajado de fotógrafo, haciendo videoclips o anuncios de importantes firmas como Jean-Paul Gaultier, Land Rover o Rimmel. Quizás por ello la fotografía se nota especialmente cuidada en sus películas, incluso en estas cuyo rodaje de un mes y escaso presupuesto dejan poco margen para una planificación más minuciosa.





Quizás a Metro Manila le falte un poco para engatusarme como aquella opera prima de 2006, pero siempre es un gusto ver un thriller con sello propio, con cierto gusto por ofrecer un cine más allá del producto standard industrializado, y más de la mano de un prometedor cineasta como Sean Ellis, con buenas ideas y talento para llevarlas a cabo. Quizás la categoría de habla no inglesa en los próximos Oscars la tenga difícil con pesos pesados como La caza, de Vinterberg; La gran belleza de Sorrentino o El pasado de Asghar Farhadi , pero sin duda no me sorprendería en absoluto que se encontrase entre las nominadas.


8/10


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