lunes, 2 de diciembre de 2013

Le Week-End. ¡Oh, la, la!


El pensar en París es evocar un momento mágico, lleno de pensamientos románticos. El de perderte por las calles de Montmatre; el de subir a lo más alto de la Torre Eiffel y contemplar la ciudad en todo su esplendor; el de pasear en barca por el Sena en compañía de tu pareja; el de saborear los deliciosos crépes mientras escuchas a los artistas callejeros a los pies del Sacre Cour. A París se le conoce por ser la ciudad de la luz y del amor, un lugar donde enamorarse y re-enamorarse. Su aura magnética es capaz de cautivar al más huraño. En la literatura, en el cine, en casi cualquier arte, se acude a París en busca de ese flechazo, de esa primera vez o de esa segunda oportunidad. En el último caso se encuentra la pareja protagonista de Le Week-end.

Nick (Jim Broadbent) y Meg (Lindsay Duncan) son una pareja británica que ronda los sesenta años. Dedicen viajar un fin de semana a París, ciudad en la cual pasaron su luna de miel treinta años antes, para reavivar un matrimonio ya en fase terminal. Su relación está desgastada por el paso de los años; también les ha hecho mella el abandono de los hijos del hogar y no saben cómo afrontar el tener tanto tiempo para ellos dos solos. Lo único que consiguen es irritarse mutuamente aunque se amen. Por casualidad, en París coinciden con Morgan (Jeff Goldblum) un antiguo compañero de facultad de Nick y será este personaje quien marque un punto de inflexión en la relación de la pareja.


Ante esta premisa, uno espera encontrarse una tierna historia de (re)amor entre dos personas entradas en años, con sus toques cómicos y dramáticos. Algo así como una típica comedia romántica ya tardía válida para analizar los valores de un matrimonio duradero. El problema es que termina de funcionar en ningún punto, resulta desaborida, sin gracia, y, lo peor de todo es su desarrollo monótono que nos lleva a mirar el reloj varias veces durante la escasa hora y media de duración de la película. No ayuda para nada haber concebido a Meg como una mujer cargante, llena de contradiciones, infeliz y cruel con su marido y a éste casi como un calzonazos, psicológicamente tocado. Resulta un poco complicado sentir simpatía por la pareja aunque nos dé algo de pena verles acabados. Por eso, una escena tensionante, como la de la cena en casa de Morgan, no despierta emociones en el espectador. Goldblum tiene un papel más agraciado; los pocos minutos que está en pantalla, levanta un poco el vuelo.

Le Week-end supone la cuarta colaboración entre el director Roger Michell (Notting Hill) y el guionista Hanif Kureishi (Mi hermosa lavandería). En esta ocasión, les ha quedado una comedia romántica fallida, sin chispa y aburrida, donde hasta París sale fea, y en la cual, lo más divertido para los cinéfilos, es encontrarse con referencias cinematográficas. Como ya hiciera Hal Hartley en Simple Men, Michell y Kureishi homenajean a su manera en el final de Le week-end la archifamosa escena del baile del madison de Banda aparte.

4/10
 

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