El panorama
cinematográfico siempre ha estado saturado de comedias adolescentes
de instituto, y, en la mayoría de casos, dando una visión ridícula
de estos mismos, caricaturizada, como si todo adolescente fuera un
descerebrado pegote de hormonas con patas que sólo se preocupase por
la reputación, el deporte, el sexo, las drogas y la juerga en
general. Esto sucede en su gran mayoría porque se enfocan desde el
prisma equivocado, una visión de adulto no puede entender la visión
de un adolescente, sobre todo, porque muchos adultos parece que han
olvidado aquella etapa de sus vidas. Al igual que un adolescente no
puede hacerse una idea exacta de lo que conlleva la complicada vida y
trajín de un adulto, para hacer un retrato cercano a lo que siente
un joven de 16 años, debemos hacer un ejercicio mental de
retrotraernos a nuestra juventud. He ahí donde funciona Stephen
Chbosky, contando con especial preocupación y mimo la historia de
Charlie, un chaval retraído, con dificultades para hacer amigos,
que, por si fuera poco, debe hacer frente a los traumas que le
suponen el suicidio de su, hasta entonces, mejor amigo, y el
accidente de su tía.